Psicología Humanista

Durante la década de los 1950, la Psicología Humanística comenzó como una reacción en contra del Psicoanálisis (psychoanalysis) y el Conductismo (behaviorism), que dominaban entonces el ámbito de la psicología. El psicoanálisis procuraba entender las motivaciones inconscientes del comportamiento humano mientras que el conductismo estudiaba los procesos de condicionamiento que producen la conducta humana. Los pensadores humanistas consideraban que ambas perspectives tenían un enfoque pesimista en exeso de la naturaleza humana: o se concentraban en lo más trágico de las emociones, o no tomaban en consideración el espacio y el rol de las decisiones personales.
La psicología humanista , en cambio, se centraba en el potencial de cada individuo y acentuaba la importancia del crecimiento y actualización personal. La creencia principal de esta perspectiva psicológica es que las personas son buenas en escencia y que los problemas mentales y sociales son el resultado de desviaciones, de esa tendencia natural, producidas en la interacción con el contexto social.

 

Perspectiva centrada en la persona

La perspectiva centrada en la persona es el enfoque humanista más extendido y mejor conocido. Fue fundado por Carl Rogers y sus colegas en los Estados Unidos.
Concibe al ser humano en forma dialéctica, es decir, considera cómo construyen las personas sus relaciones e interactúan con el medio que los rodea.
Pone en el centro de atención a la experiencia y a la percepción que cada individuo tiene, de mismo y de la realidad, en el momento inmediato (here and now). Esto incluye cómo ha llegado la persona a ser lo que es, cómo es en el momento actual y cómo es possible que se desarrolle en el futuro. En esta perspectiva se considera al cliente como alguien completamente capáz de vivir su vida y enfrentar sus problemas usando sus propios recursos internos. Los terapeutas están allí en todo caso para facilitar que esto suceda.

Psicoterapia centrada en la persona

Es un enfoque no-directivo de psicoterapia. En este sentido, rompe con la imagen tradicional de la función del terapeuta como un experto en los problemas del paciente. Por el contrario, el terapeuta se concibe a mismo como un colaborador que se desarrolla, en igualdad de condiciones, al mismo tiempo y junto con el cliente, a través del peculiar encuentro persona a persona de la relación terapéutica.
Este modo de terapia se basa en la creencia en la capacidad y la tendencia de las personas a hacer uso de sus propios recursos de una manera constructiva. Vivir en forma satisfactoria, en lo personal y en el ámbito de las relaciones con los demás, se logra aumentando el entendimiento de uno mismo y la apertura hacia el continuo fluir de nuestra experiencia. Esta tendencia de actualización de las propias posibilidades es sustentada y favorecida en la relación terapéutica, a través de la actitud del terapeuta siempre auténtica, empática, coherente, respetuosa de la diversidad del cliente, de su ritmo y sus necesidades.
En un ambiente semejante puede el cliente sentirse seguro, aceptado, entendido y de éste modo desarrollarse en la plenitud de sus posibilidades.